Zafra, la cosecha de la caña de azúcar

Ese día, salimos temprano en la mañana Gustavo Vilchis y un servidor. Todavía no había sol pero al lugar donde nos dirigíamos; al sur de Jalisco por la carretera Tolimán-Tlajomulco se encuentra como a una hora de camino en automóvil, y queríamos llegar al mismo tiempo en que los jornaleros iniciaran su labor.

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Fotografía de Mario Alberto Chávez

Llegamos alrededor de las 7am, la luz apenas se filtraba por el costado sur del volcán de Colima, el cuál impedía que el sol saliera en su totalidad. Tomamos el equipo fotográfico y nos dirigimos caminando hacia la parcela que ya estaba quemada y lista para el corte de caña.

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Fotografía de Gustavo Vilchis

Nos recibió José, el capataz, sonriente. Ya estaba cargando los “burros” metálicos que utilizan para recargar la caña cortada y llevarlos dónde los jornaleros ya habían iniciado. Se sentía el frió pero él y su ayudante se notaba que ya habían entrado en calor desde hace un buen rato.

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Fotografía de Mario Alberto Chávez

Caminamos hacia el fondo de la parcela entre cenizas, restos de caña y unos muñones de la misma que seguían bien agarrados a la tierra. Al acercarnos a dónde estaban los jornaleros trabajado vieron las cámaras y no faltó la expresión de alguno, “Pónganse guapos ya les van a sacar las fotos pal Feis”, expresión común cada vez que llega uno con cámara para hacer foto de gente trabajando.

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Fotografía de Gustavo Vilchis

Empezamos a fotografiar un poco desde la distancia, los jornaleros nos volteaban a ver con miradas recias en su ir y venir al cortar y cargar la caña; no sé si era por la incomodidad de ser fotografiados o por la dureza del trabajo que tienen que realizar.

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Fotografía de Mario Alberto Chávez

Recuerdo que al estar entre ellos, con el machete dando golpes duros y secos para cortar la caña de tajo, el tomarla y sacudirla para después aventarla al montón; se levantaba ceniza que al principio me costó respirar, pero conforme transcurrió la mañana me fui adaptando al ambiente.

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Fotografía de Gustavo Vilchis

Hombres de negro entraban y salían entre las cañas que aún quedaban de pie cortando y cargando montones, cada quien tenía su ritmo, muy poca plática. El negro era de la ropa ya manchada por el tizne, las manos, la cara; todo.

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Fotografía de Mario Alberto Chávez

Como a las 9am llegó una motocicleta tocando el claxon, todos, se detuvieron para buscar sus mochilas e ir a comprar las tortillas, que habían llegado. Nosotros no llevamos desayuno pero aún así compramos, algo había que comer.

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Fotografía de Gustavo Vilchis

El encargado de la cuadrilla de jornaleros, Chencho; nos invitó de lo que él llevaba para desayunar; fue un: “ándenle, acérquense y pónganle a sus tortillas lo que traemos, alcanza para todos”. Allí desayunando con ellos, riéndonos de las bromas fue como se dio la confianza y las preguntas; que obviamente algunas eran, ¿para qué las fotos?, ¿en qué página de Facebook van a salir?

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Fotografía de Mario Alberto Chávez

Chencho, nos platicó que él llegó a Colima cuando aún era un niño y que lo habían traído sus papás desde Guerrero para trabajar en la zafra; su familia, eran jornaleros de temporada. En aquellos años la vida era más dura, principalmente por el problema del racismo que sufrían todos quienes llegaban a trabajar, eran los apestados del pueblo de Quesería y la gente los trataba de manera despectiva e insultante. Aunque también había gente que les ayudaba y les regalaba ropa y calzado, por ejemplo.

Hoy las cosas han mejorado con respecto al racismo, quizás, el que muchos de esos jornaleros ya radican en el pueblo y tienen familia allí o el que ya los perciban como parte de la comunidad ha ayudado, aunque todavía no están exentos de discriminación. Aún así, y ante la necesidad económica, todavía existe gente que va y viene de sus pueblos asentados en la sierra o costa de Guerrero.

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Fotografía de Gustavo Vilchis

El trabajo es duro, los accidentes están a la orden del día, uno de los jornaleros me dice :“las piernas todos las tenemos llenas de cicatrices de los machetazos que luego se nos van, por ejemplo ¿ves a ese que tiene el guante? Hace unos días se cortó la mano con el machete.” Chencho, nos comenta que afortunadamente hoy ya no trabajan niños, por lo menos en su cuadrilla, como cuando a él le tocó cuando llegó a Colima de niño.

La cuadrilla que se encontraba trabajando en ese momento está compuesta por unas 30 personas, desde jóvenes hasta señores ya de edad avanzada, pero con una fuerza y agilidad para cortar la caña. Entre los jóvenes hay quienes ya no quisieron estudiar y mejor se fueron a trabajar, hay a quienes sus familiares los mandaron en lugar de que se dediquen a la vagancia y se metan en problemas.

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Fotografía de Mario Alberto Chávez

Todavía no es medio día y ya prácticamente cortaron toda la caña de la parcela. La máquina alzadora, carga la caña al camión que está casi listo para partir al ingenio a dejar su carga, así ha sido toda la mañana, los camiones salen cargados y regresan vacíos por más.

Nosotros, tomamos las últimas fotos mientras apretamos el paso para ir a otra parcela a menos de 1km de allí; nos avisaron que están por iniciar la quema de la caña. Cuando llegamos, nos presentamos con el dueño de la parcela quien nos dio el permiso para entrar y fotografiar. Llegamos justo a tiempo, los encargados de la quema estaban comenzando, cruzamos un saludo y a seguirlos con el fuego en la mano.

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Fotografía de Gustavo Vilchis

El día está un poco ventoso, caliente, con las condiciones ideales para que se provoque un accidente en la quema. Uno de los encargados lleva el fuego, el otro una pala en caso de que el incendio se salga de control y así evitar que se pueda propagar a lugares no esperados.

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Fotografía de Mario Alberto Chávez

Prenden las hojas secas de la caña, no se ve que el fuego haya “prendido” sin embargo entra una corriente de aire y aquello, literalmente se convierte en un infierno, un infierno con un rico olor a caramelo. Se siente el calor del fuego pero a través del lente de la cámara se ve lejos, vuelve a cambiar el viento y ahora las llamas vienen con un crujir intenso, el calor es insoportable, ya no hay para dónde moverse, el fuego nos encerró. Saltamos la cerca de la parcela, el alambre de púas, era lo de menos, salimos corriendo, el fuego se siente más y más intenso, seguimos corriendo brecha abajo hasta que el calor es aceptable. 

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Fotografía de Gustavo Vilchis

Nos detenemos y alcanzamos a ver el lugar dónde estábamos parados haciendo fotos, era una vorágine roja girando en remolinos, expulsando ceniza hacia el cielo y que caía como si fuera nieve, una nieve negra. Nos revisamos; ninguno se quemó. Nos damos cuenta de que actuamos en el momento preciso, no hubo tiempo para pararse a pensar al situación, no hubo tiempo para pensar en el alambre de púas.

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Fotografía de Mario Alberto Chávez

Pasado el momento de adrenalina volvimos a la parcela, ya todo estaba quemado, caliente y con ceniza cayendo. La parcela estaba lista, en algunos minutos más llegaría la cuadrilla para comenzar el corte. Algunos jornaleros nos saludan de manera familiar y comienzan con su labor una vez más. 

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Fotografía de Gustavo Vilchis

Ya es tarde, bajo un mesquite comienzan a prender fuego para una parrilla improvisada y calentar su comida. Nos acordamos que nosotros no llevábamos nada de comer, así que nos despedimos. Sabíamos aún nos quedaba algo de tiempo de camino antes de encontrar algo de comer. Nos vamos satisfechos con la experiencia y la plática de las personas que conocimos; con el entender un poco más sobre la dura y peligrosa tarea que conlleva el que la mayoría de nosotros sin pensar en esos detalles podamos ponerle un poco de azúcar al café.

Gracias a Gustavo Vilchis por la colaboración de fotografías para esta publicación.

Publicado por

Mario Alberto Chávez Cárdenas

La fotografía de paisaje y de ciudad es principalmente la que hago.